Aquel bardo
Hoy os contaré la historia del bardo con acento sureño que me cortejó aquel invierno. Andaba por un sinuoso camino, contemplando las estrellas y deleitándome con los temblores provocados por el frío. Oí a lo lejos el sonido de una guitarra, el comienzo de una canción entonada por una voz masculina. Agudicé el oído, controlé la respiración y me dispuse a escuchar más atenta para comprender la letra. Entonces paró. Confundida, retomé la marcha pensando que habían sido imaginaciones mías, pero la música volvió a sonar. Una nota por paso. Paré de nuevo y la música siguió sonando, acompañada de aquella voz que invitaba a desnudar el alma (entre otras cosas). Seguí caminando. Allí estaba él, con un sombrero calado y sujetando la guitarra como quien sujeta el cuerpo de una mujer, delicado pero firme. No me miró hasta que hubo terminado de cantar, pero yo ya me había enamorado. -No está terminada. Te estaba esperando. -Me lo has puesto difícil. Los finales no son lo mío. -No lo veas como...