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Mostrando entradas de 2016

Aquel bardo

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Hoy os contaré la historia del bardo con acento sureño que me cortejó aquel invierno. Andaba por un sinuoso camino, contemplando las estrellas y deleitándome con los temblores provocados por el frío. Oí a lo lejos el sonido de una guitarra, el comienzo de una canción entonada por una voz masculina. Agudicé el oído, controlé la respiración y me dispuse a escuchar más atenta para comprender la letra. Entonces paró. Confundida, retomé la marcha pensando que habían sido imaginaciones mías, pero la música volvió a sonar. Una nota por paso. Paré de nuevo y la música siguió sonando, acompañada de aquella voz que invitaba a desnudar el alma (entre otras cosas). Seguí caminando. Allí estaba él, con un sombrero calado y sujetando la guitarra como quien sujeta el cuerpo de una mujer, delicado pero firme. No me miró hasta que hubo terminado de cantar, pero yo ya me había enamorado. -No está terminada. Te estaba esperando. -Me lo has puesto difícil. Los finales no son lo mío. -No lo veas como...

Todavía no

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   He besado con los ojos abiertos pero el corazón cerrado. Pisando charcos y acabando con almíbar en las botas. Me he dejado liar por mil suspiros y una mirada. Hablé al viento, amé la lluvia y olvidé las horas. He bebido con la Pena hasta no poder más. He llorado con almas condenadas a vagar, me he reído con el horizonte. He invocado, he pactado, he pagado. He leído en hojas caídas, me he perdido en tormentas tardías. He sido grito, susurro y gemido. He sido invierno y guerra. He sido cazadora y presa. He sido delirio, he sido orgullo y ego.    Fui tanto siendo nada.    He alimentado buitres con historias de dos palabras. He volado sin estar soñando, he derrapado sin tirar de freno de mano. He visto caer al más valiente, he visto recomponerse un corazón roto. He puesto las prioridades en modo aleatorio. He fingido ser inmortal habiendo vendido ya mi alma. He hablado con un fresno sobre la música, olvidé lo que era el frío. He arriesgado, con las agujas ...

No era deslumbrante

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   No tenía una belleza deslumbrante, pero si entablabas conversación con ella era irresistible. Su mirada podía provocar una erección sin proponérselo y su pelo evocaba una tormenta de verano. Pero no era deslumbrante.    Tenía unas mejillas tremendamente abofeteables y un trasero que invitaba al azote. Tenía unos pezones rosados que pedían ser mordidos. Pero no era deslumbrante.    Tenía la boca y los pies pequeños, y una nariz que no dejaba indiferente a nadie. Tenía unas manos elegantes de uñas afiladas. Pero no era deslumbrante.    Llevaba dos anillos y un pendiente, y un lunar junto al ombligo. Leía y dormía a partes iguales porque lo suyo era soñar. Pero no era deslumbrante.    Jugaba a ser ella misma, pero el juego siempre acababa igual: con una rendición y una rosa. Hasta que no fue así. Entonces cambió. Creció, siguió leyendo e inventándose juegos nuevos, cada uno acompañado de una historia. Pero seguía sin ser deslumbrante...

Tres otoños

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  Han pasado tres otoños. Y ya no soy la misma niña que mandó aquella carta, ahora con algunas cicatrices más y el corazón con algunos pedacitos menos. Me dije: Tenemos que hablar. Sin aliento. Debí haberme limitado a observar desde la sombra, pero quise sentir. Y sentí demasiado. No me arrepiento. Hubo un tiempo en que dejé que me atrapara el polvo del pasado, sintiendo con la cabeza y pensando con el corazón. A veces demasiado. Prometí amores eternos a mortales, prometí amor a un dios sin saber lo que era. Sigo sin saberlo. Me perdí en miradas vacías, en versos inacabados y en andenes, demasiados. Me salió caro ser fiel a mí y a nadie más. Tomé decisiones, empecé a vivir en gerundio, a sentir sin miedo, sin prejuicios.   Han pasado tres otoños. Pasaron los abriles sin más rosas. Llegaron noviembres con sus besos helados. Amaneció como siempre y anocheció como nunca. Dejé atrás las letras de colores, me pillaron las tormentas.   Las despedidas y los finales siguieron s...

A ti, mi amor

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Tú descalzo y yo desnuda. Espantando el frío a gemidos. Curando las grietas a azotes y caricias. Así quiero recordarnos. Volvería a tropezar mil veces con tu poesía, a quedarme prendida de tu voz. Volvería a hacer lo mismo contigo y sin ti, y te volvería a perder. Es parte de nuestra historia ¿no? Ambos víctima, ambos juez, ambos verdugo. Ambos amando por encima de nuestras posibilidades. Sabíamos que esto sucedería algún día, pero seguimos tirando de la cuerda hasta no poder más. Olvidé quién era, olvidé mi sitio y mis secretos. Olvidé que el frío puede calentar en la noche más oscura, olvidé el miedo. Estaba orgullosa del poder que creía tener, pero me lo arrebataste, inundando todo con tu luz. Pero todo vuelve al lugar que le corresponde. Y yo, sin ser excepción, he vuelto a la sombra de la historia, ahora un lugar extraño. ¿Me recibirá o tendré que pagar por haberme marchado? Cualquier precio es poco si con ello consigo regresar a la oscuridad. Te pido en silencio que me escri...

Amarillo II

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            Estaba en la cocina llenando una botella de agua en el grifo del fregadero cuando vi cómo una oscura sombra se cernía sobre mí. Cerré el grifo y cesé la respiración. Lo único que oía eran los rápidos latidos de mi corazón, que parecían empeñados en ahogar cualquier otro sonido a mi alrededor. Pensé, no podía ser mi compañera de piso. Faltaban horas para que se levantara y ya me habría dicho algo como, por ejemplo, por qué me encogía cada vez más contra la encimera, por qué parecía tan asustada. No había nadie más en casa y me negaba a reconocer que no era alguien, sino algo, lo que estaba detrás de mí. Me negaba a reconocer que no eran imaginaciones, quería creerlo. Me negaba a reconocer que ese algo pugnaba por hacerse oír en mi mente. Me negaba a recordar... esos ojos amarillos en el espejo. Déjame entrar

La tiranía de las rosas

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¿Qué diría de ésto la Luna? Que del amor no entendemos Que de la soledad aun menos. Pero no niega la belleza observa, atenta cómo los enamorados suicidas se acogen desvelados a ella. ¿Qué dirían las estrellas? Que el amor no es para tanto Que mejor breve y poco llanto. Sin negar que merece la pena porque para ellas encontrar una en todo el manto con la que la eternidad sea llevadera se les hace ardua tarea. Prefieren compañía de botella. Y de los mortales, ¿qué decir? Si pintan de tragedia la vida Si se limitan a rosas de un día Y se esconden por miedo a sentir. Arrancan del amor, la locura De las flores, sus espinas. Sin advertir que vivir sin sangrar no es vivir es, sin más, agonizar.