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Mostrando entradas de octubre, 2016

No era deslumbrante

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   No tenía una belleza deslumbrante, pero si entablabas conversación con ella era irresistible. Su mirada podía provocar una erección sin proponérselo y su pelo evocaba una tormenta de verano. Pero no era deslumbrante.    Tenía unas mejillas tremendamente abofeteables y un trasero que invitaba al azote. Tenía unos pezones rosados que pedían ser mordidos. Pero no era deslumbrante.    Tenía la boca y los pies pequeños, y una nariz que no dejaba indiferente a nadie. Tenía unas manos elegantes de uñas afiladas. Pero no era deslumbrante.    Llevaba dos anillos y un pendiente, y un lunar junto al ombligo. Leía y dormía a partes iguales porque lo suyo era soñar. Pero no era deslumbrante.    Jugaba a ser ella misma, pero el juego siempre acababa igual: con una rendición y una rosa. Hasta que no fue así. Entonces cambió. Creció, siguió leyendo e inventándose juegos nuevos, cada uno acompañado de una historia. Pero seguía sin ser deslumbrante...

Tres otoños

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  Han pasado tres otoños. Y ya no soy la misma niña que mandó aquella carta, ahora con algunas cicatrices más y el corazón con algunos pedacitos menos. Me dije: Tenemos que hablar. Sin aliento. Debí haberme limitado a observar desde la sombra, pero quise sentir. Y sentí demasiado. No me arrepiento. Hubo un tiempo en que dejé que me atrapara el polvo del pasado, sintiendo con la cabeza y pensando con el corazón. A veces demasiado. Prometí amores eternos a mortales, prometí amor a un dios sin saber lo que era. Sigo sin saberlo. Me perdí en miradas vacías, en versos inacabados y en andenes, demasiados. Me salió caro ser fiel a mí y a nadie más. Tomé decisiones, empecé a vivir en gerundio, a sentir sin miedo, sin prejuicios.   Han pasado tres otoños. Pasaron los abriles sin más rosas. Llegaron noviembres con sus besos helados. Amaneció como siempre y anocheció como nunca. Dejé atrás las letras de colores, me pillaron las tormentas.   Las despedidas y los finales siguieron s...